LA MEJOR FOTO, MAÑANA


Me gusta detener el tiempo con imágenes.

Me gustan los perros.

Me gusta la luz. Olerla, dejar que me acaricie el rostro, buscarla, darle forma con la cámara.

Me gustan el café, el chai-latte, el olor a canela y las canciones de Norah Jones.

Un día soñé que la fotografía podría ser mi vida, mi anhelo y mi forma de relacionarme con el mundo. Y ya lo es.

Controlar el tiempo con el obturador o restringir la luz con el diafragma no son más que elementos técnicos. Hay que conocerlos, hay que saber ajustarlos, pero mi pasión pasa por enseñar a ajustar miradas, manos, cabellos que se enredan y juegan con el viento, paisajes, brillos e instantes casi clandestinos que no debemos dejar escapar.

Me apasiona la luz. La luz que recorta siluetas, que se cuela a través de unas cortinas, que se esconde tras el recodo de un camino, que se refleja en una ventana con vida dentro que mira la vida afuera.

Me emociono cuando el tiempo y la distancia se funden en una imagen. Estática pero viva. Quieta pero curiosa.

Con mis fotos aspiro a regalar vivencias y a saborear la vida.

Con mis cursos, a aprender a mirar sin la cámara, a observar una imagen como quien lee un poema, como quien escudriña un cuadro, como quien palpa la textura y el tacto de una escultura.

La fotógrafa Imogen Cunningham dijo que su mejor foto era siempre la que iba a tomar mañana. Mi mejor foto tampoco existe, reside agazapada en el fondo de mi mente y se llenará de luz, de encuadre, de enfoque y de punto de fuga mañana. Siempre mañana.




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